Introducción
El cáncer es una de las principales causas de muerte a nivel mundial, con aproximadamente 18,1 millones de casos nuevos y 9,6 millones de muertes estimadas en 2018 según los datos de GLOBOCAN [2]. Una proporción importante de esta carga podría evitarse mediante la modificación de factores de riesgo relacionados con el estilo de vida, entre los que destaca la inactividad física, que alcanza proporciones pandémicas a nivel mundial [2,3]. En las últimas tres décadas, el campo de la ejercicio-oncología ha evolucionado notablemente, acumulando evidencia sólida de que la actividad física regular se asocia con menor incidencia de varios tipos de cáncer, mejor tolerancia a los tratamientos, menor mortalidad y mejor calidad de vida en quienes viven con y más allá del cáncer [1,4].
Esta revisión sintetiza la evidencia actual sobre: (1) el papel del ejercicio en la prevención primaria del cáncer; (2) los mecanismos biológicos que explican sus efectos; (3) su papel en el tratamiento y la rehabilitación oncológica, incluidos sus efectos sobre la fatiga, la capacidad funcional y la calidad de vida; (4) la asociación entre ejercicio y supervivencia; y (5) las recomendaciones prácticas para la prescripción de ejercicio.
1. Ejercicio físico en la prevención primaria del cáncer
Evidencia epidemiológica. La relación entre actividad física y riesgo de cáncer se ha investigado en cientos de estudios observacionales. Los análisis más amplios, como el metaanálisis de Moore y colaboradores que agrupó 12 cohortes prospectivas de EE. UU. y Europa con 1,44 millones de participantes y 186.932 casos, confirmaron que niveles altos de ejercicio (percentil 90) frente a bajos (percentil 10) se asocian con una reducción significativa del riesgo de numerosos cánceres [2].
Sobre la base de múltiples metaanálisis, el Comité Asesor de las Guías de Actividad Física de EE. UU. (PAGAC) concluyó que existe evidencia fuerte de que la actividad física reduce el riesgo de cáncer de colon, mama, riñón, endometrio, vejiga, esófago (adenocarcinoma) y estómago (cardias), con evidencia moderada para el cáncer de pulmón [2].
El posicionamiento de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM) matiza estos hallazgos según la clasificación del World Cancer Research Fund/American Institute for Cancer Research (WCRF/AICR) [4]:
- Cáncer colorrectal: la evidencia es "convincente", con una reducción del riesgo de aproximadamente el 20% en los grupos más activos. El efecto es más débil o ausente para el cáncer de recto. Un análisis agrupado de 12 cohortes mostró reducciones del 13% (colon) y 12% (recto) tras ajustar por IMC [4].
- Cáncer de mama posmenopáusico: la evidencia es "probable", con una reducción del riesgo de aproximadamente el 13% en los grupos más activos; existe una relación dosis-respuesta no lineal con mayores beneficios por encima de 20 MET-h/semana [4].
- Cáncer de endometrio: la evidencia es "probable", con una reducción del riesgo de aproximadamente el 20%, aunque el efecto se observa principalmente en mujeres con sobrepeso/obesidad [4].
- Otros tumores: la evidencia es "limitada-sugestiva" para pulmón, hígado y esófago, y "limitada-no concluyente" para próstata, ovario, páncreas, riñón y vejiga. En el análisis de 12 cohortes, la actividad física de ocio se asoció con reducciones del 27% (pulmón, solo en fumadores), 40% (adenocarcinoma esofágico), 22% (cardias gástrico, solo en personas con sobrepeso) y 16% (riñón) [4]. Curiosamente, se observó un 4% más de incidencia de cáncer de próstata en los más activos, probablemente por mayor cribado [4].
Aspectos de dosis-respuesta. Un hallazgo clave es que los beneficios se obtienen con niveles de ejercicio dentro de las recomendaciones actuales (7,5–15 MET-h/semana), con reducciones lineales y graduales para mama, colon, endometrio y cabeza y cuello, pero con una meseta en el beneficio para riñón, estómago, hígado y linfoma no Hodgkin [2]. Es decir, niveles muy elevados de ejercicio no siempre añaden beneficio adicional [2].
Limitaciones de la evidencia de prevención. Debe señalarse que no se han realizado ensayos clínicos aleatorizados fase 3 definitivos de ejercicio para la prevención de ningún cáncer, debido al enorme tamaño muestral (se estiman 26.000–36.000 participantes para una reducción del 20% en incidencia de mama) y la duración requeridas [2]. Los ensayos fase 2 existentes (PATH, SHAPE, ALPHA y BETA en mujeres posmenopáusicas) demostraron la viabilidad de intervenciones de ejercicio a largo plazo, con efectos modestos e inconsistentes sobre biomarcadores circulantes (estrógenos, insulina, inflamación), aunque sí reducciones significativas de grasa corporal total [2]. Asimismo, la evidencia observacional está sujeta a sesgos de medición, confusión residual y causalidad inversa, lo que justifica la cautela en la interpretación [2].
2. Mecanismos biológicos de los efectos anticancerígenos del ejercicio
Mecanismos sistémicos y celulares. La evidencia preclínica indica que el ejercicio regular puede influir en el desarrollo tumoral y en la velocidad de crecimiento una vez iniciado el cáncer. Un metaanálisis de 28 estudios preclínicos en tumores de mama (2.085 animales) encontró efectos favorables importantes del ejercicio sobre la proliferación y la apoptosis [4]. Entre los mecanismos propuestos se incluyen [4]:
- Reducción de factores de crecimiento y hormonas: el ejercicio reduce los niveles circulantes de IGF-1 (mitógeno que desencadena proliferación celular) y de estrógenos endógenos en mujeres posmenopáusicas, lo que es especialmente relevante en la prevención del cáncer de mama [2,4].
- Modulación de la proliferación y apoptosis: el ejercicio puede disminuir la fosforilación de la proteína del retinoblastoma, aumentar la fosforilación de β-catenina en pólipos de colon, regular al alza supresores tumorales (p. ej., PDCD4) y estimular proteínas proapoptóticas como Bax y Bak, a la vez que reduce proteínas antiapoptóticas como Bcl-2 [4].
- Normalización del microambiente tumoral: el ejercicio mejora la perfusión y vascularización intratumoral, contrarrestando la hipoxia que favorece un fenotipo agresivo [4].
- Efectos antiinflamatorios: el ejercicio reduce la inflamación crónica de bajo grado (asociada al riesgo de cáncer) y puede disminuir la infiltración de macrófagos en tumores [3,4].
- Prevención de metástasis: el ejercicio puede modular la expresión de cadherinas (E-cadherina) y suprimir la diseminación metastásica en modelos animales [4].
El músculo como órgano endocrino: mioquinas y exerquinas. El músculo esquelético en contracción libera moléculas señalizadoras denominadas mioquinas (proteínas, ácidos nucleicos, lípidos y metabolitos como el lactato) que ejercen efectos endocrinos, paracrinos y autocrinos [3]. Algunas mioquinas tienen efectos anticancerígenos directos, como la oncostatina M en cáncer de mama hormonosensible o la SPARC en cáncer de colon [4]. La interleucina-6 (IL-6) liberada por el músculo participa en el reclutamiento de células NK hacia los tumores [3,4]. La sarcopenia asociada al envejecimiento reduce la secreción de mioquinas y contribuye a la inmunosenescencia, condición vinculada a la evasión inmunitaria tumoral; el entrenamiento de resistencia puede atenuar este proceso incluso en edades muy avanzadas [3].
Inmunidad anticancerígena. El mecanismo más estudiado recientemente es la estimulación de la inmunovigilancia antitumoral [3]:
- Efectos del ejercicio agudo: una sesión de ejercicio dinámico de intensidad moderada-vigorosa moviliza todas las subpoblaciones leucocitarias, con un reclutamiento preferente de células con mayor citotoxicidad y potencial de migración tisular: células NK, linfocitos T CD8+ y células T γδ, así como monocitos CD14+CD16+. Esta movilización está mediada por catecolaminas (vía receptores β2-adrenérgicos) y por el aumento del flujo sanguíneo y las fuerzas de cizallamiento [3].
- Efectos del ejercicio regular: el ejercicio repetido produce un efecto acumulativo de estos episodios agudos, aumentando la infiltración de células NK y CD8+ en los tumores, mejorando la capacidad citolítica de las NK y remodelando el repertorio de células T (reducción de células T senescentes/disfuncionales y aumento de células T CD8+ naïve) [3].
- Evidencia en humanos: en un ensayo aleatorizado de 8 semanas de HIIT preoperatorio en pacientes con cáncer de próstata, la adherencia al programa se correlacionó con mayor infiltración de células NK en el tejido prostático tumoral [3]. En pacientes con adenocarcinoma ductal pancreático, un programa de ejercicio preoperatorio se asoció con mayor infiltración de células T CD8+ intratumorales, cuya presencia se relacionó con mejor supervivencia [3].
- Otras vías: el ejercicio modula la microbiota intestinal (aumento de diversidad alfa y de bacterias asociadas a retardo del crecimiento tumoral como Faecalibacterium), reduce la acumulación de células mieloides supresoras (MDSC) y favorece la polarización antitumoral de macrófagos [3].
- Aplicaciones clínicas emergentes: la sangre obtenida tras una sesión de ejercicio podría usarse para enriquecer células T específicas de antígenos tumorales en terapias de transferencia adoptiva (p. ej., células CAR-T), mejorando los rendimientos de expansión ex vivo [3].
3. Ejercicio físico en el tratamiento del cáncer
Viabilidad, seguridad y efectos sobre la capacidad funcional. El ejercicio es factible, eficaz y seguro en pacientes con cáncer a lo largo de todo el curso de la enfermedad, incluidos los períodos prequirúrgico, durante la quimioterapia (neoadyuvante y adyuvante), durante la radioterapia, en la supervivencia e incluso en enfermedad avanzada o metastásica [4].
Un ensayo aleatorizado en pacientes jóvenes y de mediana edad (18–50 años) con linfoma, cáncer de mama, ginecológico o testicular, realizado poco después de completar quimioterapia curativa, demostró que un programa supervisado y flexible de 14 semanas (mínimo 2 sesiones semanales de ≥30 min) aumentó el VO₂máx en 6,4 mL/kg/min frente a 3,1 mL/kg/min en el grupo control (P < 0,01), con una relación dosis-respuesta entre minutos de ejercicio y mejora de la capacidad cardiorrespiratoria [7]. Sin embargo, en ese estudio no se observaron beneficios del programa sobre la fatiga, el malestar psicológico ni la calidad de vida, lo que subraya la necesidad de considerar el momento óptimo de la intervención y las características individuales [7].
El entrenamiento de resistencia es seguro y eficaz para prevenir la pérdida de masa magra y reducir la masa grasa durante los tratamientos neoadyuvantes y adyuvantes [4]. La intervención prequirúrgica también puede modificar la expresión génica en el tejido tumoral: en un estudio en cáncer de mama, un programa preoperatorio de 180 min de ejercicio aeróbico moderado y 40 min de fuerza semanales se asoció con la regulación a la baja de vías relacionadas con el ciclo celular, el transporte de ARN y la replicación del ADN en el tumor [4].
Efecto sobre la fatiga relacionada con el cáncer. La fatiga relacionada con el cáncer es el efecto secundario más común del tratamiento, con prevalencias del 60–96% en pacientes en tratamiento activo [6]. El metaanálisis de Meneses-Echávez y colaboradores, que incluyó 11 ensayos clínicos aleatorizados (n = 1.407) en pacientes en tratamiento activo, concluyó que el ejercicio físico supervisado reduce significativamente la fatiga (SMD = −3,0; IC95%: −5,21 a −0,80; p < 0,0001), con efectos también significativos para el entrenamiento de resistencia (SMD = −4,5; IC95%: −7,24 a −1,82; p = 0,001) y mejoras significativas en pacientes con cáncer de mama y de próstata [6].
De forma complementaria, una encuesta realizada a 276 pacientes oncológicos en tratamiento con quimioterapia mostró que quienes acumulaban ≥18 MET-h/semana de actividad total presentaban mejor estado de salud global, mejor funcionamiento físico, social y de rol, y menor fatiga, dolor, náuseas, pérdida de apetito y estreñimiento que los pacientes menos activos [5]. Además, la actividad física se correlacionó positivamente con la calidad de vida, y solo un tercio de los pacientes había recibido información sobre ejercicio durante el tratamiento, lo que indica una importante brecha asistencial [5].
Efecto sobre la calidad de vida y otros resultados. El consenso internacional de la Mesa Redonda del American College of Sports Medicine (ACSM) de 2018 concluyó que existen dosis específicas de ejercicio (aeróbico, combinado aeróbico + resistencia, o solo resistencia) que mejoran de forma consistente ansiedad, síntomas depresivos, fatiga, funcionamiento físico y calidad de vida relacionada con la salud en sobrevivientes de cáncer, durante y después del tratamiento [10]. Los programas supervisados parecen ser más eficaces que los no supervisados o domiciliarios [10]. Para la calidad de vida, el ejercicio combinado aeróbico + resistencia 2–3 veces/semana durante al menos 12 semanas parece más potente que cada modalidad por separado [10]. La evidencia es insuficiente para otros resultados como neuropatía periférica inducida por quimioterapia, función cognitiva o cardiotoxicidad, aunque existen indicios prometedores [10].
En cuanto a los programas digitales y de mHealth, las intervenciones multicomponente (prescripción personalizada de ejercicio, educación sanitaria y tecnología wearable) han demostrado capacidad para aumentar los pasos diarios y mejorar la salud física de los sobrevivientes, y el HIIT se perfila como una estrategia eficiente en tiempo para mejorar la capacidad cardiorrespiratoria en sobrevivientes de cáncer de mama [1].
4. Ejercicio físico y pronóstico del cáncer: mortalidad y supervivencia
La evidencia observacional sobre la asociación entre actividad física y supervivencia en pacientes oncológicos es sólida y consistente, especialmente para cáncer de mama y colorrectal.
El metaanálisis de Schmid y Leitzmann (16 estudios de cáncer de mama y 7 de colorrectal; 49.095 sobrevivientes) encontró [8]:
- Cáncer de mama: la actividad física alta frente a baja tras el diagnóstico se asoció con reducciones del 48% en mortalidad total (RR = 0,52; IC95%: 0,42–0,64) y del 28% en mortalidad por cáncer (RR = 0,72; IC95%: 0,60–0,85). Cada incremento de 10 MET-h/semana en la actividad posdiagnóstico (equivalente a 150 min/semana de actividad moderada) se asoció con una reducción del 24% en la mortalidad total.
- Cáncer colorrectal: la actividad posdiagnóstico se asoció con reducciones del 42% en mortalidad total (RR = 0,58; IC95%: 0,48–0,70) y del 39% en mortalidad específica (RR = 0,61; IC95%: 0,40–0,92). Cada incremento de 10 MET-h/semana se asoció con una reducción del 28% en la mortalidad total.
- Cambio de comportamiento: quienes aumentaron su nivel de actividad física de antes a después del diagnóstico mostraron menor mortalidad total (RR = 0,61; IC95%: 0,46–0,80) en comparación con quienes no cambiaron o permanecieron inactivos [8].
El metaanálisis más amplio hasta la fecha, con 136 estudios, confirmó que niveles altos de actividad física antes o después del diagnóstico se asocian con menor mortalidad específica por cáncer y por todas las causas en al menos 11 tipos de cáncer [9]. Los resultados más destacados:
- Para todos los cánceres combinados, la mortalidad específica por cáncer se redujo con actividad posdiagnóstico (HR = 0,63; IC95%: 0,53–0,75).
- Para mama y colorrectal, las reducciones fueron mayores con la actividad posdiagnóstico (HR = 0,58–0,63) que con la prediagnóstico (HR = 0,80–0,86).
- La actividad posdiagnóstico también fue protectora para la mortalidad específica por cáncer de próstata y para la mortalidad total en cáncer de pulmón, renal, gástrico, glioma, hematológico, ginecológico e infantil [9].
- El análisis de dosis-respuesta en cáncer de mama mostró reducciones pronunciadas del riesgo de mortalidad hasta 10–15 MET-h/semana (el equivalente a las recomendaciones de 150 min/semana), con beneficios adicionales menos claros por encima de ese umbral [9].
- La actividad física también se asoció con menor mortalidad cardiovascular en sobrevivientes de cáncer (HR = 0,60; IC95%: 0,50–0,73 para todos los cánceres) [9].
Estos hallazgos apoyan la noción de que la actividad física posdiagnóstico es un factor pronóstico independiente, distinto de los niveles de actividad previos al diagnóstico [8,9]. Aunque la evidencia procede mayoritariamente de estudios observacionales (con riesgo de confusión y causalidad inversa), los análisis de sensibilidad que excluyen mediciones cercanas al diagnóstico no modificaron sustancialmente los resultados, lo que refuerza su validez [8,9].
5. Recomendaciones prácticas para la prescripción de ejercicio
Principio general: "evitar la inactividad". La Mesa Redonda Internacional del ACSM (2018), con el respaldo de 20 organizaciones internacionales, mantiene la conclusión de que el ejercicio es seguro para los sobrevivientes de cáncer y que todo sobreviviente debería "evitar la inactividad" [10]. Las recomendaciones generales de salud pública (≥150 min/semana de actividad aeróbica moderada o ≥75 min/semana de actividad vigorosa, más entrenamiento de fuerza 2 días/semana) constituyen la base, pero la novedad de la actualización de 2018 fue la generación de prescripciones específicas (FITT: frecuencia, intensidad, tiempo y tipo) para cada resultado clínico [10]:
| Resultado |
Prescripción de ejercicio recomendada |
| Ansiedad | Aeróbico moderado 3×/semana durante 12 semanas, o combinado aeróbico + resistencia 2×/semana durante 6–12 semanas |
| Síntomas depresivos | Aeróbico moderado 3×/semana ≥12 semanas, o combinado 2×/semana durante 6–12 semanas; mayor volumen (hasta 180 min/semana) se asocia con mejor respuesta |
| Fatiga | Aeróbico moderado 3×/semana durante ≥12 semanas, o combinado aeróbico + resistencia 2–3×/semana; la intensidad moderada-vigorosa es más eficaz que la baja |
| Calidad de vida | Combinado aeróbico + resistencia moderado 2–3×/semana durante ≥12 semanas |
| Función física | Aeróbico, resistencia o combinado 3×/semana durante 8–12 semanas (intensidad 60–85% FCmáx; 2 series de 8–12 repeticiones al 60–75% 1RM) |
| Linfedema (mama) | Entrenamiento de resistencia progresivo 2–3×/semana, supervisado, "empezar bajo y progresar lento", es seguro |
| Salud ósea | Combinado de resistencia moderada-vigorosa + ejercicios de alto impacto 2–3 días/semana durante 1 año (evidencia moderada) |
En general, la prescripción que aborda de forma más consistente los resultados relacionados con el cáncer incluye ejercicio aeróbico moderado al menos 3 veces/semana durante ≥30 min durante 8–12 semanas, con la adición de entrenamiento de resistencia al menos 2 veces/semana (≥2 series de 8–15 repeticiones al ≥60% de 1RM) [10].
Consideraciones de seguridad. Aunque el ejercicio es seguro en general, se deben considerar adaptaciones según el tratamiento y sus toxicidades [10]:
- Metástasis óseas u osteoporosis conocida: evitar pruebas y ejercicios de fuerza que actúen sobre huesos con lesiones; puede requerirse autorización médica [10].
- Quimioterapia neurotóxica (típica en mama, colon, pulmón, ovario): valorar el equilibrio y el riesgo de caídas [10].
- Cardiotoxicidad: dado que la enfermedad cardiovascular es una causa competitiva de mortalidad, se recomienda cribado cardiovascular y, si está indicado, prueba de esfuerzo cardiopulmonar antes de iniciar ejercicio [10].
- Durante el tratamiento activo: trabajar en coordinación con el equipo oncológico y ajustar la dosis de ejercicio según la tolerancia diaria, ya que esta puede fluctuar [10].
La SEOM recomienda diferenciar entre pacientes que necesitan asesoramiento especializado por un profesional de ejercicio-oncología (tratamiento activo, enfermedad metastásica o efectos secundarios limitantes) y quienes pueden ser supervisados por clínicos informados con metas sencillas como ≥10.000 pasos/día o el cumplimiento de las guías OMS/ACSM [4]. La creación de unidades de ejercicio-oncología en los centros oncológicos y el uso de tecnologías mHealth (aplicaciones, wearables) pueden facilitar la monitorización y la adherencia [1,4].
6. Limitaciones y direcciones futuras
A pesar de los avances, persisten importantes incógnitas [2,4,10]:
- No existen ensayos aleatorizados fase 3 definitivos que demuestren que el ejercicio previene la incidencia de cáncer o reduce la mortalidad de forma causal; la mayoría de la evidencia de supervivencia procede de estudios observacionales [2,9].
- Se desconoce la dosis óptima (tipo, intensidad, frecuencia y duración) para cada tumor y para cada resultado, y la mayoría de los ensayos se han realizado en cáncer de mama y próstata en estadios iniciales [10].
- La evidencia en enfermedad metastásica y en cánceres poco estudiados es escasa [4,10].
- Se necesita investigación mecanicista (ensayos fase 1/2 "de búsqueda de señal biológica") que evalúe los efectos del ejercicio en los tejidos de origen (mama, colon, próstata, pulmón) y no solo en biomarcadores circulantes [2].
- El desarrollo de la ejercicio-oncología de precisión (programas personalizados según características clínicas, genómicas y fisiológicas) y la integración de inteligencia artificial y mHealth son direcciones prometedoras [1,2].
Conclusiones
- En prevención: existe evidencia convincente de que la actividad física regular reduce el riesgo de cáncer colorrectal, y evidencia probable para mama posmenopáusico y endometrio, con beneficios adicionales para otros tumores; los efectos se obtienen con dosis dentro de las recomendaciones generales [2,4].
- En tratamiento: el ejercicio es seguro y factible a lo largo de todo el continuo asistencial; reduce la fatiga relacionada con el cáncer, mejora la capacidad cardiorrespiratoria, la función física y la calidad de vida, y modula favorablemente la inmunidad antitumoral [3,6,10].
- En pronóstico: la actividad física antes y después del diagnóstico se asocia con menor mortalidad específica por cáncer y por todas las causas en al menos 11 tipos de tumor, con beneficios especialmente marcados en mama y colorrectal; aumentar la actividad tras el diagnóstico es beneficioso incluso en quienes eran inactivos [8,9].
- En la práctica clínica: todo paciente con cáncer debería recibir la recomendación de "evitar la inactividad", con prescripciones estructuradas (FITT) de ejercicio aeróbico y de resistencia, idealmente supervisadas, adaptadas a su situación clínica y a las toxicidades del tratamiento [4,10].
Referencias:
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[8] Schmid D, Leitzmann MF. Association between physical activity and mortality among breast cancer and colorectal cancer survivors: a systematic review and meta-analysis. Annals of Oncology. 2014;25(7):1293-1311. DOI: 10.1093/annonc/mdu012
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